domingo, 22 de abril de 2012

Vértigo

Cuando era pequeña, tenía miedo a las alturas. Nunca me montaba en las atracciones si eran muy altas y si podía evitaba en lo posible subir a sitios altos donde no me sintiera segura. 
Imagino que ese miedo nunca se pierde, siempre existe el "pellizco" en el estómago y que aunque nunca perderé el miedo a las alturas, me he acostumbrado a caer.
Posiblemente, ese miedo a las alturas, sea igual que el miedo al amor. Todos tenemos miedo al principio. Es normal asustarse; pero, cuando pasa un tiempo, nos confiamos, nos creemos que nunca vamos a caer y vamos libérandonos de ese sentimiento de temor que existía al principio.
Lo que no llego a entender es el porqué de ese miedo. Supongamos, pues, que el amor no duele. Eso dicen no?. Por ejemplo, el amor de una madre a un hijo, no puede doler. 
Pero claro, una cosa es el amor y otra muy distinta es el enamoramiento, y eso ya es otro cantar. Ahí todo cambia y se vuelve en nuestra contra.
Podría decirse que en realidad una de las causas del miedo al amor es mantenerse alejado del enamoramiento, ese periodo de tiempo en el que perdemos parte de nuestra identidad y en el que nuestro ser amado pasa a ser más importante que nosotros mismos. Cuando estamos a su lado, el cerebro segrega un cocktail embriagador de lo más adictivo y cuando estamos lejos de él sentimos un mono insoportable. Este es solo uno de los muchos daños colaterales que produce el enamoramiento y que hace que ciertas personas huyan del amor como si del coco se tratara.
Después está el miedo a la ruptura. Cuando se llevan unos añitos de experiencia a las espaldas se sabe que es muy probable que la relación de pareja lo sea por un tiempo limitado. El que más y el que menos ya ha vivido una separación en toda regla, con el trastorno que ello supone y no está dispuesto a volver a pasar por ello a la primera de cambio. Por eso preferimos dar la espalda al amor y quedarnos en la seguridad de nuestra independencia. Vale que nadie te da mimos, pero también te evitas un montón de problemas y tu felicidad solo depende de ti y no de ti y tu pareja.
Y luego están los eternos Peter Panes, que rechazan el amor, o la estabilidad amorosa, porque lo ven como sinónimo de "sentar la cabeza" o lo que es lo mismo, dejar de vivir aventuras amorosas emocionantes y empezar a envejecer. Esos sí que tienen vértigo. Las alturas les provocan pánico. A éstos últimos, cuando les llega de verdad y les toca de cerca, todo se les descoloca. No saben si ríen o lloran, hacen cosas raras, cosas de las que ellos mismos se sorprenden. Y superan, en parte, ese vértigo a la altura de poner su corazón en el precipicio más escarpado del mundo.
Siempre he intentado explicarme porqué he querido a algunas personas y luego he sufrido en consonancia. Si pienso porqué te quiero ahora mismo... No lo sé...en realidad no sé por qué te quiero... y ahora pienso en hacer una lista , y mientras pienso en el porqué se me pone una sonrisa en la cara cuando recuerdo que me has hecho reír tantas veces que ya no sé cuantas han sido ni en qué momentos.
Te quiero porque me quieres, ni mucho ni poco ni mejor, sólo a tu manera. Me salvas de los monstruos del asfalto, de los huracanes, apareces para arrancarme la media sonrisa y robarme el beso que a nadie le dí. Porque llegaste en ese preciso instante en el que estaba a punto de saltar, no sé desde donde, pero era un sitio alto, y yo tenía miedo a las alturas.
Te quiero porque contigo al lado, yo conseguía dormir relajada, sin ayuda de nada. Porque incluso soñaba y me despertaba menos. Porque me entregaste la tranquilidad de tu alma y compartiste tu paz conmigo. 

Posiblemente, porque en tu ventana siempre sale el sol y has hecho que en la mía haya estrellas, luna, arcoiris y sol en una sola mañana...hasta que se quite la lluvia!!! Porque, no sé como lo haces, pero aunque quiera enfadarme, siempre acabas matándome tú con tu sonrisa y tu sentido del humor. Porque a ti nada te vence y luchas con demonios cada día, porque de vez en cuando luchas contra los míos, que cada día parecen más grandes y más listos. 
Te quiero, sin más, porque sin ti, todo ésto, sería muy aburrido y nada tendría sentido...

domingo, 8 de abril de 2012

El regalo más grande...

He recibido muchos regalos en todos estos años, pero no hace tanto que me han hecho el regalo más grande, el más bonito, el más especial y el más sorprendente.
Me han regalado la felicidad. ¿Qué es eso? Pues es indescriptible. Es un sentimiento, una forma de ser y estar, es un no poder dejar de sonreir aún cuando lo deseas, es sentir algo en tu estómago que te ayuda a continuar y que te hace olvidar los pasos que dejas en el camino y los obstáculos que sorteas.
Probablemente, te preguntes que cómo se consigue esa felicidad. Bueno, voy a intentar darte algunas pistas de lo que a mí me han ido regalando poco a poco.
Canciones; pero no cualquiera. Canciones especiales, de las que puedes cantar a viva voz sin que te de vergüenza. De esas que puedes bailar mientras conduces, que te hacen reir, llorar, emocionarte y que te llenan el alma a través de los oídos. 
Miradas; llenas de calor, de emoción, de cariño, de esas que tienen colores, a veces son color avellana. Son miradas breves, incluso tímidas, que nunca sabes a dónde te van a llevar. Esas miradas, te atraviesan el alma; son capaces de llegar a tí. Me encanta esa forma de mirar, al despertar, por la mañana, cuando puedes leer tanto en esas dos pupilas que se clavan en tus ojos.
Sonrisas! En los mejores y en los peores momentos. Sonrisas a todas horas. Tantas que tienes agujetas en las mejillas. Creo que de tanto sonreir me van a salir más arrugas! Sonreir y reir en momentos que no esperabas, en esos momentos en los que nunca habías reído. Es genial poder hacer eso y es aún mejor, darte cuenta de que no dejas de reir cuando ciertas personas te rodean.
Atardeceres. Al menos dos de ellos inolvidables. Atardeceres que nunca olvidaré. Conversaciones increíbles mirando como el sol se esconde y sintiendo como a tí te encantaría esconderte de la misma manera para poder ser tú misma. Atardeceres donde hay faros que hablan, que suspiran, que se sinceran al máximo y sonríen.
Paseos. No importa el lugar. Siempre me ha gustado caminar, desde que era pequeña. Me encanta andar hasta que me canso y luego pararme, sentarme en algún sitio precioso y, con mucha seguridad, alto donde me de algo de vértigo (a mí también me daban miedo las alturas antes) y pararme a pensar. Me encanta pasear por la playa. Subirme a los espigones, escalar piedras para buscar el crepúsculo imposible. Y una vez arriba, sonreir, abrazar, arriesgarme o simplemente pensar.
Ahí van algunos de los trucos... Tengo más pero no todos se pueden ni se deben compartir. Hay uno mágico, pequeño, dorado, gracioso, arriesgado, atrevido, increíble, indescriptible, insustituible, imponente, impresionante, inimitable y oculto, que nunca podré desvelar. ;)